
Cuando escuchamos la expresión “amor cortés”, casi de forma automática, vienen a nuestra mente imágenes de damas y caballeros en jardines y castillos, justas, torneos, el rey Arturo y su corte... imágenes almibaradas que muchas veces rayan la cursilería más absoluta.
Nada que ver con la realidad que se acuñó y se vivió, porque no era una teoría sin más, sino una forma de vida, en la sociedad medieval de los siglos X al XIII en la Europa feudal y que ha llegado hasta nosotros en muchos casos desvirtuada por la leyenda o, incluso, la incomprensión de sus herederos.
Partiendo de la época, la misma denominación Edad Media, acuñada en el Renacimiento, remarca el carácter de periodo de transición entre dos épocas caracterizadas por el Clasicismo. Y durante mucho tiempo, se consideró una era oscurantista, poblada por guerreros sedientos de sangre que recorrían las planicies europeas destruyendo todo cuanto los romanos y los griegos habían sembrado.
Y sin embargo, ¡cuánto le deben los poetas y los artistas del Renacimiento a sus antepasados medievales!
Pero vayamos por partes. La primera pregunta podría ser cómo -en una época en que las lenguas derivadas del latín todavía balbuceaban y se debatían por liberarse de su condición de “vulgares”-, surgió un lenguaje literario capaz de expresar tantos matices y sentimientos. Fue en Aquitania, donde surgió el provenzal, la primera lengua romance que llevó a la plenitud el lenguaje poético. No en vano el primer trovador del que tenemos noticia es el propio duque de Aquitania, Guillermo de Poitiers, quien desarrolló su vida y su obra en el siglo XI. Se ha buscado en su personalidad y circunstancia histórica la clave de la aparición de la lírica románica: en él encontramos unificados artísticamente los elementos fundamentales de la lírica trovadoresca posterior. Su Vida provenzal nos lo muestra como “uns dels major cortes del mon e dels majors trichadors de dompnas”. Las once composiciones conservadas reflejan su rica y contradictoria personalidad, a la vez religiosa y sensual, refinada y burlona. Así, tiene composiciones de carácter juglaresco que dirige a sus compañeros, en las que presenta situaciones divertidas y obscenas; de carácter cortés, en las que canta a su domna evocando la alegría de la reconciliación o el servicio amoroso, y de carácter moral y religioso al final de su vida.
Incluimos aquí la primera estrofa de la más conocida de sus composiciones:
Ab la dolchor del remps novel
Foillo li bosc, e li aucel
Chanton, chascun en lor lati,
Segon lo vers del novel chan:
Adonc esta ben c’om s’aisi
D’acho dont hom a plus talan.
(Con el dulzor de la primavera/ florece el bosque y los pájaros/ cantan, cada uno en su latín/, según los versos del nuevo canto:/ Así, es bueno que el siervo se acoja/ a aquello que el hombre más desea/).
Y ¿qué es en fin el amor cortés? Es, como decíamos antes, más una forma de vida, o de entender la vida, si queremos, que una teoría literaria. Es el mundo de la corte, la sociedad feudal que se traslada a la literatura y que interactúa permanentemente con ella. Así, podríamos destacar su vocabulario, tomado de las relaciones feudales entre el señor y los vasallos, las ceremonias, los torneos... El amor se considera un servicio que el enamorado presta a su dama, convirtiéndose en vasallo que rinde homenaje a su señor.
El amor cortés tiene como primer medio de expresión la cansó, poema de extensión media que se recitaba acompañado por instrumentos musicales. Pero los trovadores no hablan de “amor cortés”, sino que se refieren a este sentimiento como fin’amors, veraia amors, finz amanz, es decir, una específica concepción del amor que aparece en un marco geográfico preciso, en un periodo de tiempo determinado y sustentada en un grupo social perfectamente diferenciado; no es una expresión amorosa espontánea e individual, sino culturizada y codificada en un registro que se nutre de la sociedad feudal y caballeresca de los siglos XI al XIII. El amor cortés nos refiere a un amor de corte y a las relaciones sentimentales de los que se integran en este grupo social, idealizado. Esta idealización de la cort se hace en contraposición a la vila, como la cortezia frente a la vilania. Por tanto, el lirismo es protagonizado por damas y caballeros, y las relaciones sentimentales son una traducción de las relaciones feudales: la dama representa el papel del señor y es designada midons; el caballero, el de vasallo, llamándose om y el poeta se entrega a la dama recurriendo a la imagen y al vocabulario del rito del homenaje feudal. Surge así un vocabulario cortés, enriquecido semánticamente, de manera que un mismo término nos refiere a unas relaciones sociales, a unas relaciones sentimentales y, simultáneamente, a una virtud o virtudes morales, constituyéndose una civilización ideal. Así, el término cortezia nos remite a costumbres de la corte, al arte de amar trovadoresco y a las cualidades que conforman el ideal caballeresco.
El amor trovadoresco se designa con la expresión fin’amors, un amor sublime, dirigido por el fin’amant a una dama ausente en el poema, a la que puede que no haya visto jamás. Esta distancia puede ser geográfica (amor de lonh), sociológica (la dama es de alta extracción social), moral (la dama es casada) y psico-sexual (amor contrariado). Es un amor fundado en el obstáculo, en la dificultad, a lo que contribuyen permanentemente el gilós (marido celoso), los gardadors (vigilantes de la dama) y lausengiers (envidiosos personajes que “denuncian” a los amantes), que dificultan el acercamiento de los amantes.
Para que veamos hasta qué punto esta relación amorosa está codificada, baste con el siguiente dato. Un autor anónimo del siglo XIII señala cuatro grados en el proceso de acercamiento a la dama: fenhedor, pregador, entendedor y drutz, en correspondencia con los cinco grados del amor de los tratadistas latinomedievales: visus et alloquium, contactus, basia, factum. Si el proceso de acercamiento culmina en el fach (consumación del amor sexual), el amante cortés sufre una elevación ética y social que lo introduce en el universo sociopoético de la cortezia.
Decíamos que la primera forma de expresión del amor cortés es la cansó provenzal, pero muy pronto el espíritu trovadoresco se adueña de otro tipo de composiciones literarias. En la Francia medieval surge un tipo de poema narrativo, conocido como Chanson de Toile, en el que dos damas, habitualmente madre e hija relatan aventuras amorosas con final feliz. Asimismo, es pronto para hablar de “novelas”, término que no aparecerá hasta algunos siglos después, pero sí podemos hablar de “román”, relatos largos en verso que incluyen, en numerosas ocasiones composiciones líricas.
Y en estos “roman” es donde aparecen perfectamente definidos los personajes que representan el mundo cortés: el rey Arturo, Ginebra, Lanzarote... y, sobre todos ellos, alcanzando la categoría de mito, Tristán e Iseo.
Mucho se ha discutido sobre la condición “ilícita” del amor cortés: en efecto, la dama suele ser casada, matrimonio de conveniencia donde los sentimientos no cuentan en absoluto, tanto más cuanto más elevada sea la condición social de la mujer. Relaciones adúlteras cuya consumación suele llevar aparejado el castigo; en el caso contrario, encontramos otro de los tópicos de la época, el de la “belle dame sans merci” que desprecia a su enamorado, y en una posición intermedia, el término “bienséance” que nos remite al mundo de las apariencias.
Para acabar, un rápido repaso a los principales autores: el ya mencionado Guillermo de Aquitania, Marcabrú, de origen humilde, Jaufré Rudel, que vive el tópico del enamorado de una dama lejana, Bernard de Ventadorm, maestro de trovadores, a quien algunos suponen el gran amor de Leonor de Aquitania o Giraut de Bornell son los mejores representantes de los trovadores provenzales. En cuanto a los autores de roman courtois, los más destacados son Beroul, el difusor de la leyenda de Tristán e Iseo; Chrétien de Troyes, que desarrolla la leyenda artúrica y Jean Renart, con su obra el “Roman de la Rosa”, donde encontramos unidos todos los tópicos, los símbolos, los personajes e incluso los diferentes tipos de poemas fruto de una tradición literaria que conocemos como “el amor cortés”.
Conchi Piñera Moreno
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